Un poema de Txus García

•marzo 18, 2010 • 2 comentarios

Todo el suelo del mercadona lleno de rotos esquemas

(de señoras respetables)


Te explicaré este amor paranormal

El raro equilibrio que nos tiene

aferradas a sucias necesidades

que escandalizan

a educados caballeros

y avergüenzan

a las señoras bien

Es por eso

Que se nos abren las bocas sin quererlo

Y se nos escapan unas enormes palabras

Anunciando la sal el cuello

el tibio abrazo de las lenguas

Las familias respetables nos miran

Desde la oscuridad y el fondo abisal

Son feos y terribles peces ciegos

Que velan preocupados por las apariencias

Y yo que con una mano te recobro

Te devuelvo a la forma primera

Al barro esencial al edén bollero

Voy siempre más allá

Desafío la ley que llevas impresa en la piel

y tiro recto

hacia las piernas

Directamente, que les den


Mi nombre es Txus García y nací en Tarragona un asagitarado día de 1974. Soy educadora social -trabajo en un centro de menores- y queer a tiempo completo. En la actualidad vivo un pelín más allá con mi mujer, con la que perpetro espectáculos imposibles y necesarios, tanto en el escenario como fuera de él. Somos responsables del proyecto de gestión sociocultural katalitza.com.

Mi alter ego artístico, Human Trash, lo conforma una rapsoda de gustos absurdos, maniáticos y profundamente asociales. Su actitud invita a entrar en un pequeño y personal cabaret poético que pretende desnudarnos de nuestras divinidades y dejarnos en bragas emocionales. Ella tiene las formas de una monja moderna y el alma de un clown algo perverso. Sus ácidas lecturas de textos nos ofrecen una tierna sátira sobre nuestras costumbres, maneras y sentimientos diarios. Un desastre de proporciones poéticas, vaya…

Mi poesía es circunstancial, bollera, obrera, banal y tonta. Huyo pues, de la poesía endomingada y de los cánones por pura ignorancia. Versos incultos pero sinceros, sin rima pero con ganas. Poesía de la basura emocional, de la mentira cotidiana, del sufrimiento pequeño, del sexo mal hecho y de la insatisfacción constante. Ella como espejo, borracha de vulgaridad, nosotras como espectadoras de lo sublime que puede ser lo absurdo. Puaj, la poesía y su aura divina.

Más en: katalitza.blogspot.com

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Semana a la vista:algunas citas poéticas para los días que vienen

•marzo 13, 2010 • Dejar un comentario

Después del pasado temporal de nieve, con los huesos helados y las plumas secas, los pájaros avistamos algunos refugios para la semana que va a comenzar…

LOS LUNES EN LA CIGALE: Nueva lectura poética de Sofía Castañón y David Vegue, el lunes 15 a las 20,30h, en el ciclo coordinado por los poetas Juan Salido-Vico y Álex Chico. Encontraréis más información en su blog: http://poesialacigale.blogspot.com/

CICLO POESÍA Y POETAS, coordinado por Dante Bertini, el martes 16 a las 19,30h en la Librería Bertrand. Participarán los poetas Jesús Aguado, Chantal Maillard, Teresa Shaw, Dolors Millat, Antonio Mª Flórez y Goya Gutiérrez.

ENCUENTROS 080, ” Poetas y editores en el siglo XXI”, charla con David Castillo y Sergio Gaspar, el jueves 18 a las 19,30h en el Ateneu Barcelonès.

DIVERSAS ACTIVIDADES PARA EL DOMINGO 21 DE MARZO, DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA…Consultad mapas y brújulas. Organizad saqueos y extorsiones. Cortaos la lengua. Socavad la tierra.

Una deriva inédita de Sergi Bellver

•marzo 7, 2010 • 3 comentarios

Concierto de Barcelona

Naufragio en Allegro, Largo y Presto

Para A. C.

Antes de la escritura, antes incluso de las primeras lecturas en aquella convalecencia infantil, ya habitaba en mí esta sed del náufrago. Amotinado en mi habitación ―tendida sobre el margen de una Barcelona preolímpica y mestiza a punto de desaparecer, sobre la orilla de una balsa informe de chapa y uralita―, refugiado contra la letra muerta en mis dibujos, ya se fraguaba en mi interior la deriva eterna de quien zozobra a sabiendas, la imprudencia atraída por lo que no está inscrito en los mapas. Antes de las grandes orquestas, la dirección y los pentagramas, fue la flauta de hueso del pastor. Así, desde que recuerdo, el sencillo goce de la aniquilación siempre estuvo ahí, antes de las palabras, de las historias ajenas, de las propias ficciones. Y es que perecer puede ser a veces librarse, hundirse en una espuma que borrará el rastro inútil de la costumbre. Bajo el agua mi espíritu está en paz pero no en calma, sino agitado, vivo, encendido. Me siento un pez a punto de volar.

Lo cierto es que he pasado muchos años navegando por ahí fuera, que me he licenciado en sensatez, pero no quiero ejercer. He quemado unas cuantas naves y he aprendido a prescindir de cartas náuticas y de partituras para dejarme guiar por la sed. Sólo por la bendita sed. Y ahora estoy aquí, de regreso en una Barcelona que poco a poco reconozco ―Gràcia ha perdido parte del antiguo vestido y se ha sofisticado, pero bajo el disfraz sigue siendo esa señora de piel tibia a la que uno siente familia cuando abraza―, y me encuentro con la sed intacta y la palabra a punto. Me encuentro, tras años de sordina, con quien de nuevo me hace hablar, como al Bardamú de Céline. Como él, antes de este hallazgo ―dan ganas de celebrarlo hasta la ebriedad―, también yo era apenas un animal.

Entiendo que la lluvia me pone a prueba y quiere desdecirme del reencuentro. Barcelona me recibe con un desaire impropio, casi atlántico, con una semana de lluvias y un rincón prestado en casa ajena, donde guardo los restos de mi penúltimo viaje. La mayor parte de mi ropa no sale de las maletas y apilo cajas de libros en un patio. Oigo cómo se ahoga mi biblioteca ―excepto Moby Dick, supongo― entre el cartón y el plástico, sobre el que las gotas de lluvia resuenan como bofetadas. Es extraño. No tengo miedo, no me puede la ansiedad del que ve hundirse un pasado. En esto también soy náufrago y encuentro un dolor ácido pero placentero en el desposeimiento, en la renuncia, en el cuerpo despojado de pertenencias que se basta a sí mismo como país.

Siento que mi sed es un idioma viejo y sabio pero que mis palabras son toneles que se quiebran contra las olas. Mi silencio, la mejor embajada de mí mismo, me bastaría para decirme si pudiera hablar el gesto. Ahora que tengo delante una isla en la que naufragaría pródigo de una buena vez, noto que se parece más a Ítaca que a la de Serlik: hay tesoro ―me conmueven todas las formas que se me ocurren para adorarlo y ninguna para poseerlo: yo también soy ave marina y aprecio las migraciones―, un tesoro dormido y a la espera, sí, pero en esta isla no hay palmeras ni llueve demasiado, más bien domina la ceniza del olivar y la cal en las casas bajas. Mis patrias son cuatro y dos ya las cantó Serrat: el vagabundaje y el Mediterráneo. La tercera es la palabra y desde hace unos días creo haber reencontrado en una criatura aquella en la que me exiliaría feliz, si pudiera.

Stevenson se fue a los Mares del Sur para librarse de la enfermedad. Yo regreso a mi Mediterráneo para perecer ―para desaparecer y para salvarme, sabedlo― en una costa pedregosa y familiar. No huyo porque estoy aquí para aprender de la fiebre. Tengo delante una pequeña talla de madera de olivo y está viva, es una pequeña deidad agraria, cazadora, ninfa de aceite, leche y carne, negra y brillante como una lágrima de lava que recién vertida se enfría en mis manos mientras las hace arder. No le tengo miedo, no me afecta la ansiedad del que ve precipitarse un futuro ―soy poco masculino en eso, prefiero ahondar en el camino adecuado que catar de pasada el polvo de otros―. Cambiaría la biblioteca de Alejandría por lo que me dicen esos ojos oscuros, por el roce de esa corteza tostada y salina, por la ceniza en mis manos, dichosas de la herida.

A menudo en el borde de los acantilados el viento es más fuerte, pero también a veces empuja hacia arriba. Es curioso como el abismo puede atraerte con un gesto de salvación. Te sostengo, te amparo, no lo hagas, ni lo intentes, guárdate. Y uno, sin embargo, aparta esa columna de aire curtido y se lanza de cabeza. Puede más el oleaje, con su idioma confuso y esquivo, puede más el discurso salobre de la espuma que todas las palabras, que estas mismas palabras inútiles que ahora escribo, porque con ellas no hago otra cosa que remedar de mala manera el deseo de clavar el cuerpo en el agua y diluirme en la corriente. Y salto, agradecido, porque es una bendición encontrar el acantilado preciso, este tesoro inaudito, esta marea paciente que sabe escuchar al náufrago, un roquedal en el que despedazar cualquier armazón de hábitos y convenciones.

Naufragar requiere una disposición, una aceptación de la ruptura como una nueva forma de sabiduría en la ceguera. Porque también a ciegas quiebran la tierra las raíces para sostener un nuevo brote. Y si a algo se parece esta mujer es a un árbol que me atraviesa, que deja nuestras raíces al descubierto, al borde del acantilado, como venas aéreas por las que bombea de nuevo la vida. A veces me parece sobrehumana la fuerza de quien no salta, de quien es capaz de permanecer en su sitio, según los mapas, a una distancia prudente del abismo, con el equipaje a salvo y el pasado seguro. Nadie se engañe, no soy un valiente por elegir este abismo. No hay audacia en esto: sólo la naturaleza del náufrago, que hace su trabajo. Hay brazos y hay labios, hay mujeres, sobre todo, que aun sin llamarte están gritando tu nombre desde la rompiente. Y ese silencio de las sirenas ―así lo escribe Kafka― es tan poderoso que a este Ulises no le queda otra que renunciar al viaje escrito y elegir otro, el más bello, el viaje vertical. Aun si en el salto ella no me recogiera, el tramo en libertad merecería la pena, el trecho de vida del acantilado a la espuma valdría más que la muerte apacible de quien no arriesga, de quien lleva la cuenta de cada gota de tedio en sus venas.

Dino Buzzati supo ―así creo verlo en su escritura― que lo que cuenta es el deseo de un nuevo destino y no el destino mismo. Que lo que alimenta al náufrago, al oficial en la fortaleza, a la gota de agua que asciende por la escalera, no es el resultado, ni la playa, ni el desierto, ni el desván, sino el momento preciso en el que germinan esos caminos. La magnífica espera de Breton se convierte con Buzzati en un vacío precioso, en un anhelo maravillosamente inútil, en el que la simple visión del nuevo horizonte tiene más fuerza que la promesa factible de un territorio. Aquí estoy pues, ignorante de todo cuanto me espera al otro lado pero ansioso por hacer el camino.

Redescubro la ciudad, recorro cada una de sus orillas y albergo la idea de que en estos años Barcelona ha aprendido a sobrevivir a sus errores y, a pesar de los despropósitos, de los desmanes, de esa bonanza burguesa y aburrida que la desbrava, todavía en ella son posibles la deriva, el encuentro y la tormenta. No podría redescubrir nada sin haberlo olvidado antes, así como no hay vida sin que algún tipo de muerte ―conformarse y bajar los brazos es uno de los más duros― deje antes el camino libre. Así me siento en Barcelona, en este concierto en tres movimientos, en esta tempesta di mare en la que una criatura me zarandea sin intención. Es prodigiosa la capacidad del azar para engendrar lluvias en la sed. Me llevo las manos a la frente, entre agradecido y maravillado, y me llora la sonrisa de tener tan cerca esta oportunidad para el naufragio.

Algas y bicicletas, pecios romanos y callejones, gárgolas y estrellas de mar, higueras en los patios y humo del Rif en cubierta, el fantasma del padre errante y un hermano loopoético, luz de luna y son cubano, lámparas de la estepa rusa y rocío en los alerces de Chile, un concierto para flauta y mundo en Barcelona, estancos de absenta y adoquines, hiedras y bicicletas, Gràcia y Raval como campi venecianos, islas duras entre avenidas, avenidas como pontones indignos sobre el Gran Canal de la marca Barcelona. Mejor la Barcelona a granel, los dinosaurios ilustrados en el parque, mejor el palacio intacto de sombras donde la mano busca el muslo y la lengua se hace planta carnívora. Delfines de segunda mano en Sant Antoni y señoras que trafican con libros en la trastienda de las pescaderías. El Gran Cañón del Colorado, los Andes, los Abruzzos y La Cerdanya caben en ese lunar al noroeste de unos labios. La noche homérica de parras y vino viejo palpita en esos ojos oscuros. Trozos de mar arrancados a dos manos para llevárselos al rostro y respirarlos hondo. Sus hombros. Sus cejas. Su boca. El arrecife de su cabello. Su voz de resina. La tarde estival de su sola presencia. Su regazo como una playa sin gente. Todo es lo mismo. No necesito otra cosa que un poco de silencio para improvisar el gesto y naufragar ahí, para exiliarme en ella. Y a mis nuevos amigos para compartirlo. Conchas del Adriático y bicicletas. Esponjas, erizos y libros empapados. Ése es el inventario de mi hundimiento feliz, de esta pequeña muerte que me hace varar, por fin, de nuevo en casa, desnudo y sin mapas ante una diosa de olivo y a salvo de la cordura. Es fantástico naufragar consciente y dispuesto, fantástico estar vivo y elegir la caída, aunque escueza de vez en cuando. Me siento un pez a punto de volar.

Poble Sec, 14 de febrero de 2010.

Sergi Bellver (Barcelona, 1971) es escritor, editor, crítico literario y profesor de narrativa en la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès y en la Escuela de Escritores de Madrid. Director de TEIDE Taller-Estudio Itinerante de Escritura, iniciativa pionera en España desde julio de 2009, ha impartido cursos y conferencias en eventos como el LILEC’09 de Almería, para el programa «Hoy por hoy» de la Cadena SER y en diversas instituciones públicas y bibliotecas.

Especializado en relato contemporáneo y en literatura de viajes, mantiene desde hace años una conocida bitácora personal, finalista de los Premios Revista de Letras en la categoría «Mejor blog nacional de crítica literaria». Coordina la sección dedicada al cuento en el nuevo portal Culturamas y colabora con artículos, reseñas y otros contenidos en publicaciones como Otro Lunes, Calidoscopio y BCN Week.

Es el responsable de la edición y el prólogo de varios proyectos colectivos de narrativa que verán la luz a lo largo de 2010. Como escritor, y mientras trabaja en su primer libro de cuentos y en una novela, participa en dos antologías en preparación, junto a conocidos autores hispanoamericanos.

Página principal: sergibellver.blogspot.com

“Y de cómo se rompe la verosimilitud”, texto inédito de Ruth Llana

•marzo 3, 2010 • 5 comentarios


–con un asterisco, a veces-

La sirena bailaba en el poso del mar; las algas se enredaban en su pálido cuerpo, húmedo; era un sueño. Un ser entre lo femenino y la masculino, más allá de cualquier etiqueta de género. Yo estaba enamorada de ella. Y mi yo tampoco era consciente del agravio que suponía la sentencia de ese “yo”, calcada en aquella materia.

Una melodía se escurría entre las superficies, haciendo de aquella escena una imagen orgiástica, en la que poder recrearse con el movimiento rítmico, atemporal, de la sirena.

Aquí se oía el despegue de las pequeñas voces que profería aquel cuerpo mudo.

Mirar era recordar cualquier instante, y todos los instantes confluían en su cuerpo, en la dimensión de todos los espacios que ocupaba. Era allí abajo, con aquella luz entre verdosa y amarilla proveniente de un lugar ignoto, donde pensé que mientras me proyectara en el reflejo de mí en sus ojos, ambas perteneceríamos al mismo espacio; y eso estaba, de nuevo y como ella, más allá de toda significación.

La miré; la seguí mirando. Ella hacía como si bailara. Seguía el camino de su pelo oscuro, ni muy largo ni muy corto, ondear entre sus curvas, que jamás conocería. “No me toques, no me toques; vuelve mañana”.

A ratos sentía que me acercaba tanto que casi podía sentir su aliento bajo el agua; casi, podía sentirlo; aquella ficción; ojalá durara. Pensé. Seguía tan equidistante como desde el principio borroso. Y el concepto ilusorio de “mía” parecía haberse hecho dueño de aquel universo. Parecía haberse comprendido, del todo, en el Absoluto.

Mirar sus ojos de cerca. El azul de las olas encerrado para siempre en aquella iridiscencia. Sus labios abriéndose, provocando ecos en las partículas acuáticas, ecos de su risa, de una voz, multiplicada, desvaneciendo miles de palabras entre sí.

Miré al cielo inexistente un instante.

*

La oscuridad y el aire cargado. La luz del amanecer despertándome, en pequeños atisbos de luz, entre las rendijas de las persianas. Las sábanas arrugadas.

Sin querer, vi allí a la sirena; parecía que el colchón estuviera hecho de agua y que, ella, me esperara, aquí, donde estaba aquel Océano. Me llamaba; continuaba llamándome. “Here I am, here I am, waiting to hold you.” Yo también la esperaba, y me pensaba dueña de esa frase.

Sin embargo.

Estaba embargada a ser esclava de las significaciones; de los círculos de materia que marcaban todas mis huellas, incluso antes de crearlas.

El concepto de “mía” perdió relevancia en aquel lugar, junto con toda aquella ilusión, tan real, cuando anticipé mi renuncia despertándome, desde dentro de mí misma.

Lo que quedó después fueron los sonidos y la reiteración de las imágenes, de su enmudecimiento. La sirena se repetía, sin escamas y aterciopelada esta vez, ya allí, distante, aunque sin voz. Era otro animal, a veces una persona, igual de inalcanzable que si hubiera alcanzado una tiza, intuyéndome en mi precariedad, y hubiera hecho un círculo consigo misma, con la tiza, con su cuerpo escamado, a fin de, entonces, protegerse de alguien con quien no podría compartir nunca su naturaleza si no era aquí, al otro lado de un asterisco, desconocido para ella.

Ruth Llana nace en 1990 en Asturias. Habita, por tanto, las ciudades grises, buscando los colores en la literatura desde antes de haber aprendido a leer.

Publicó hace cinco años un par de relatos incluidos en dos antologías breves de cuentos, al haber recibido una mención de honor en el primer concurso y haber quedado como accésit en el segundo, publicando por esas misma fechas también algún relato en la revista del que era por entonces su centro de estudios.

Desde hace un año y días incontables, lanza impresiones ya de otro tipo de colores en su blog Vértigo a nivel del mar mientras estudia Filología Hispánica en la misma ciudad gris en la que nació y proyecta un cambio de rumbo que desencadene diferentes gamas cromáticas.

Mapa de vuelos semanales para aves dementes

•marzo 1, 2010 • Dejar un comentario

Sobrevolamos las citas literarias de esta semana entrante. Entre otras…

A) Comienza hoy, lunes 1 de marzo, la exposición “El Ruedo Ibérico. Un desafiament intel.lectual”, en el Espai Betúlia de Badalona (Enric Borràs, 43-47), sobre la editorial antifranquista fundada en el exilio parisino en el año 1961.

B) Y en el mismo lugar, el jueves 4 de marzo a las 20h, dentro del ciclo L’Hora de la Poesia, degustación de una dramatización de poemas de Sylvia Plath.

C) El viernes 5 de marzo a las 19,30h, podemos asistir a la presentación del libro de microrrelatos “Por favor sea breve, 2” de la editorial Páginas de Espuma, en el Astrolabi de Gràcia, en C/Martínez de la Rosa, 14.
D) Y para los pájaros políglotas, recomendamos el XVIII Seminari sobre la traducció a Catalunya que tendrá lugar el sábado 6 de marzo en el Ateneu Barcelonès (con inscripción previa).

Dos fragmentos inéditos de “Blow Down”, nouvelle inconclusa de Gabriela Rodríguez

•febrero 28, 2010 • 2 comentarios

Fragmento I:

Ella se dio vuelta ahora.

En vuelo, desde lejos, todos los insectos parecen el mismo, hasta que el rizo se detiene y el animalejo se posa en un sitio, permitiendo ser capturado por una mirada. No diría completamente que se sintió así capturada, inmovilizada por una suerte de palmeta, fijada en el lugar en el que se había posado a sabiendas de quedar en el radio de su mirada como quién se ubica al alcance de una mano. Pero en cambio podría afirmar que una vez de frente, esa mujer envuelta en su propia bocanada, ejercía un influjo en todo comparable al elemento luminoso que los hipnotizadores hacen balancear frente a los sujetos que están por perder su voluntad, la que quedará captada momentáneamente por aquel punto brillante, completamente abandonada al empuje de una voz.

Fragmento II:

Con el tiempo imagino una empresa posible cuyo propósito último lindaba con la fina tajada de un carnicero, extirparla – pensó – con método seguro, la pluma – imaginó – el único que manejaba a gusto y con el que se había procurado los medios para su llegada a Paris. Atrás habían quedado los artículos para la prensa que recogían sus encuentros con gente ingeniosa y no tanto, de los que podía arrancar la frase más disparatada. Si un viajero decide plasmar en un diario de viaje los pequeños detalles que salpican su retina, si las adolescentes afanosas fijan en una pequeña libreta los días que separan la regla de un presunto roce o si todavía los mismos navegantes frente a la bravura del mar imaginaban surcar las aguas sobre seguro con un diario de abordo que deja constancia de lo acontecido en otro viaje por el mismo mar. Sería posible emprender la misma empresa desollando los pedazos todavía calientes de ella, que apesadumbraban sus miembros, hasta impedirle el paso, que enlentecían sus ideas, pero que por sobre todo oprimía como dos manos de leñador bruto, el pasaje del aire en su garganta. Ella podría retorcer la lengua escribiendo hasta sacársela de ese lugar, el hueco entre sus dos clavículas ocluido ahora por su nombre.

Gabriela Rodríguez, nacida en el extremo sur terráqueo en el año de las revueltas estudiantiles y sin trayectoria literaria alguna, se dedica a la práctica y el estudio del psicoanálisis. Sus escritos dispersos se reparten entre fragmentos inéditos que integran una antología nunca realizada, unos estudios escritos bajo el signo freudiano – que encontraron eco en papel en la Revista Conceptual. Estudios Psicoanalíticos- . A lo que se suman otras tantas colaboraciones en el Blog Microscopía de la Asociación de Psicoanálisis de La Plata – su ciudad natal – y en el Boletín Microscopía, una publicación mensual que se cuela en los intersticios de la cultura. Amiga de la palabra, se la puede escuchar fuera de la academia, tejiendo relaciones entre textos o en amable conversación haciendo resonar el caracol sonoro que la habita.

Un poema inédito de Laia López Manrique

•febrero 24, 2010 • 2 comentarios

INYECCIÓN LETAL


Gulag catedral de los sin nombre,

mantel de lepra sobre todos los asfaltos,

amonéstame.

Ven y atraviesa la piel de mis sandalias.

Ven y perfórame.

La lluvia mugrienta

cae sobre mí.

La condena

pernocta en las alas invisibles

de los sueños

como un foco congelado en las arterias

del mundo.

Ven y desguázame

y que otros rían de mi rictus funerario,

que otros rían, miren, fumen,

se saluden,

se cubran los ojos tras la pantalla abyecta.

Inyéctame

las

reglas

de

la

soledad

sin

fondo.

Laia López Manrique nació en Barcelona. Es licenciada en Filosofía y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona. Sus intereses literarios se centran, principalmente, en la poesía y el relato breve. Ha publicado textos críticos, poemas, relatos y microrrelatos en diversos medios digitales, revistas literarias y antologías. En 2005 obtuvo el segundo premio del concurso de microcuentos “El Basar” por su relato Tres, publicado en el volumen colectivo Microvisions (Montcada Comunicació, Ajuntament de Montcada i Reixach, 2005). En el año 2009 obtuvo el Premio Voces Nuevas de poesía de Ediciones Torremozas y participó en las antologías poéticas Voces Nuevas XXII Selección de Ediciones Torremozas y Aldea Poética IV SXO-Poesía Lúbrica de Ediciones Opera Prima. Actualmente se dedica a la docencia de la literatura, a la preparación de su primer libro de cuentos y de diversos  proyectos poéticos. Coordina este mismo blog y algunos de sus textos están recogidos en Pálido Fuego.