Parcial y subjetiva visión de Dostoievski, por Laia López Manrique

Mi novela preferida de Fiódor Dostoyewski es Los demonios. Sería casi banal (por no mencionar que resultaría muy pedante) decir que lo es porque marcó mi educación moral y sentimental, porque me dio de beber las primeras aguas de los cauces del nihilismo, que me impactó terriblemente su lectura a una edad muy temprana, o que su huella fue debida a que  me agencié la mejor traduccción que había en el mercado, una de esas que mejoran el original. Porque para ser fieles a la verdad, hay que decir que las cosas no sucedieron para nada así. Tampoco tiene sentido, en este espacio donde vuelan pájaros y se agitan alas y baldosas, que me ponga a desgranar críticamente la novela, tarea que podría emprender con más o menos suerte o facilidad o fecalidad en algún otro lugar destinado específicamente a ello. Somewhere else but here. Aquí me dedicaré a ser parcial, mutilada y subjetiva,  y alegaré que Los demonios es mi novela preferida de Dostoievski porque me recuerda a un paraguas verde que perdí en una estación de metro cuando tenía quince años.

A los quince años viajaba en metro con regularidad después de las clases, para tratar de remendar mi espalda torcida en la sala de rehabilitación de un ambulatorio. Es cierto. Me encerraba en una especie de gimnasio por las tardes, acompañada de veinte adolescentes más enfundadas en bañadores de piscina y pantalones de deporte, me sentaba sobre una colchoneta azul y torcía mi cuerpo en dobleces estrambóticas para hacer que alguna vértebra se desplazara un centímetro más hacia la derecha o hacia la izquierda. Huelga decir que no lo conseguí. Mis vértebras siguen, a día de hoy, igual de desviadas que cuando tenía quince años. Mi columna serpentea, dibuja senderos oscilantes, que definen en los dos lados de mi espalda una flagrante asimetría. Mis huesos quisieron darse a la fuga en algún momento impreciso de la edad prepúber, cuando mi cuello se estiró y adoptó forma de saurio, y no tuvieron a bien informarme de ello.

Cada tarde, cuando subía en el metro desde el instituto para ir a la sala de rehabilitación, leía algunos párrafos de un libro. Y uno de los libros que leí en esa época fue una obra de teatro de Albert Camus titulada Los posesos, en una edición de bolsillo de Alianza Editorial, que pertenecía a mi padre. Por la contraportada del libro supe que la acción de Los posesos estaba inspirada de forma directa en Los demonios de Dostoyewski. Como siempre me ha sucedido desde que la curiosidad hizo mella en mí para no abandonarme nunca, removí cielo y tierra para encontrar la susodicha novela sin saber que me iba a enfrentar a una bestia que, al menos, triplicaba en número de páginas a la breve adaptación teatral de Camus, y la encontré, por fin, en el tenderete de un mercadillo de libros usados que montaban relativamente cerca de mi casa, en un pasaje que los sábados se poblaba de gente que iba y venía entre compras de libros y pastas recién horneadas. Lo compré y me lo llevé a casa, contenta de mi hallazgo. Enseguida lo empecé a leer.

De aquella primera lectura recuerdo bien poco, salvo la visceralidad del personaje de Stavrogin, la magnitud y complejidad de su conflicto y su perfil dentado, que ya habían calado hondo en mí a partir de la lectura de la obra de Camus. En un momento en que muchas cosas tendían a escaparse de mi control lector, la visión recortada de este  personaje alentaba mi avance por las páginas de la novela, haciendo de mí una persecutora del que se llamó a sí mismo “vil gusano”: Stavrogin, perturbador y hosco suicida. Pero además de Stavrogin, lo que con más fuerza ha permanecido en mi memoria sobre la novela de Dostoievski es la asociación con una pérdida: la de mi paraguas verde.

Seguramente supondréis ahora que el desenlace de la historia es bastante previsible. En uno de los viajes de metro en que Dostoievski me acompañaba, pensaréis, mientras estaba enfrascada en la lectura, olvidé un paraguas verde en el andén y me di cuenta al notar las gotas de lluvia en mi cabeza a la salida. De ahí tanto revuelo, e incluso la excusa para sostener un texto pretendidamente autobiográfico. Pues no, la verdad es que no fue así. Lo que pasó fue otra cosa, algo distinta. Efectivamente, en un descuido una de esas tardes dejé el paraguas en el asiento de mármol del andén de la estación de partida y noté las gotas resbalar por mi cráneo al llegar a la calle. Decidí volver atrás, porque iba bien de tiempo, para recuperarlo, pero cuando llegué a mi parada,  ya no estaba en el lugar donde lo había dejado. Corriendo por la rambla que conducía al ambulatorio, me libré como pude de la lluvia puntillosa.

Al cabo de unos días (no sabría decir cuántos), lo que dejé sobre el andén fue el libro de Dostoievski, que debía llevar en la mano hasta unos segundos antes de entrar en el vagón. Me percaté antes de salir a la calle de que me faltaba el prodigioso volumen, y de nuevo di media vuelta con el fin de recuperarlo, aunque sin un gramo de esperanza, pues recordaba bien la ausencia del paraguas. Pero para mi asombro, cuando llegué vi que el libro  resplandecía en el mismo hueco del banco de mármol donde se había quedado, abandonado y radiante, esperando sin éxito que alguien lo recogiera.

Éste, y no otro, es el motivo de que Los demonios sea mi predilecta de entre las novelas de Dostoievski, y que su sombra en mi memoria se superponga siempre a la de las varillas de un paraguas extraviado.


Laia López Manrique

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~ por pajarosapuntodevolar en febrero 10, 2010.

2 comentarios to “Parcial y subjetiva visión de Dostoievski, por Laia López Manrique”

  1. He visto los demonios en el paraguas verde, y he visto a la Laia de 15 años caminando por Barcelona; todo era asimétrico. Y me gustó contemplar la ficción de la sombra.

  2. Estoy recorriendo tu blog ya que lo tengo localizado lo seguiré a menudo, me esta encantando Besos

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